TRANSICIONES POLÍTICAS EN COLOMBIA: DOS SIGLOS DE ÉLITES Y EXCLUSIÓN


TRANSICIONES POLÍTICAS EN COLOMBIA: DOS SIGLOS DE ÉLITES Y EXCLUSIÓN

Desde los albores de la República, el pueblo colombiano ha sido llevado de un bando a otro, muchas veces sin comprender realmente las razones de las disputas ni las diferencias ideológicas que las sustentan. El hecho central ha sido siempre la lucha por una causa, aunque esta sirva más como bandera que como convicción profunda.

En los inicios de la independencia, la división se daba entre quienes se identificaban con el orden colonial español y quienes lo rechazaban. Una vez lograda la emancipación del Imperio Español (1810-1824), surgió la disputa por el control del poder. Dos siglos y medio después, esa pugna persiste, pero ya no como un enfrentamiento popular, sino como una contienda entre familias y élites que se han repartido el poder de generación en generación.

Evolución de las divisiones políticas (línea del tiempo simplificada)

  • Época de la Independencia y Gran Colombia (1819-1830): Surgieron las primeras fracturas entre bolivaristas (centralistas, con visión más autoritaria y conservadora del poder) y santanderistas (federalistas, defensores de un liberalismo incipiente y mayor autonomía regional). Estas tensiones contribuyeron a la disolución de la Gran Colombia en 1830.
  • Mediados del siglo XIX (1848-1849): Se formalizaron los dos grandes partidos tradicionales. El Partido Liberal (inspirado en ideas progresistas, federalismo, libre comercio y secularismo) y el Partido Conservador (defensor del centralismo, el catolicismo como religión de Estado y el orden jerárquico). Esta división bipartidista marcó la política colombiana durante más de un siglo.
  • Siglo XIX y principios del XX: Alternancia y guerras civiles (como la Guerra de los Mil Días, 1899-1902). Predominio conservador entre 1886 y 1930 (período conocido como la “Regeneración” y la “Hegemonía Conservadora”).
  • República Liberal (1930-1946): Retorno al poder liberal con reformas sociales (López Pumarejo: “Revolución en Marcha”). Sin embargo, las tensiones internas y la polarización crecieron.
  • La Violencia (1948-1958): El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (9 de abril de 1948) desató el Bogotazo y una guerra civil no declarada entre liberales y conservadores que dejó cientos de miles de muertos.
  • Frente Nacional (1958-1974): Para poner fin a la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y a La Violencia, liberales y conservadores pactaron alternarse en la presidencia, repartirse equitativamente los cargos públicos y la burocracia. Fue una “democracia restringida” o “democracia controlada” que institucionalizó el bipartidismo, excluyendo a otras fuerzas políticas y disfrazando de “la más sólida democracia de América Latina” lo que en realidad era un acuerdo de élites.
  • Post-Frente Nacional (1974 en adelante): Regreso a la competencia electoral formal, pero con persistencia de la violencia política. Surgieron guerrillas marxistas (FARC, ELN, M-19, EPL), el paramilitarismo (las mal llamadas Autodefensas Unidas de Colombia – AUC, que en muchos casos fueron más grupos de narcotraficantes y sicarios que auténticas autodefensas) y el narcotráfico como actor central. La izquierda y la derecha se enfrentaron con métodos armados, dejando un saldo de asesinatos selectivos, masacres y desplazamientos.
  • Constitución de 1991: Intento de apertura democrática tras el desgaste del bipartidismo y la presión de nuevos movimientos. Sin embargo, la exclusión de sectores populares y la influencia de poderes económicos y armados persistieron.
  • Siglo XXI: Transición hacia un sistema multipartidista fragmentado, con auge de figuras y movimientos ajenos a los partidos tradicionales, procesos de paz (como el acuerdo de 2016 con las FARC) y continuas denuncias de captura del Estado por élites políticas y económicas.

La hipocresía de los símbolos y la ambición de poder

Uno de los pasajes más indignantes de la historia colombiana es el de Simón Bolívar, el Libertador que defendía la libertad con elocuencia, pero que solo en su testamento (poco antes de morir en 1830) liberó a uno de sus esclavos más cercanos, José Palacios. Aunque Bolívar decretó medidas contra la esclavitud durante las guerras de independencia (como el de Carúpano en 1816), la emancipación plena y generalizada fue lenta y condicionada, reflejando las contradicciones de una élite criolla que luchaba contra España pero mantenía estructuras coloniales de dominación.

La disputa por el poder en Colombia rara vez se ha resuelto por vías diplomáticas o puramente políticas. Cuando las élites no logran acuerdos, recurren a las “vías de hecho”: magnicidios y eliminaciones selectivas. Ejemplos emblemáticos incluyen:

  • El asesinato de Antonio José de Sucre (1830), mano derecha de Bolívar.
  • El de Rafael Uribe Uribe (1914), líder liberal.
  • El de Jorge Eliécer Gaitán (1948), el caudillo popular cuyo muerte desató La Violencia.
  • El de Guadalupe Salcedo (1957), líder de las guerrillas liberales de los Llanos.
  • El de Luis Carlos Galán (1989), candidato presidencial liberal asesinado por el narcotráfico y sectores del establishment.

En todos los casos, detrás de la violencia política han operado “poderes oscuros”: guerrillas de inspiración marxista que buscaban la toma del poder por las armas, y grupos paramilitares (AUC y sus sucesores) que, bajo la excusa de combatir la insurgencia, cometieron atrocidades masivas, muchas veces en alianza con sectores del Estado, narcotraficantes y elites regionales. El “trabajo sucio” de eliminar contradictores ha sido una constante.

La crítica cultural y la institucionalización de las élites

La novela satírica Al pueblo nunca le toca (1979), del escritor colombiano Álvaro Salom Becerra, es un retrato implacable de esta realidad. A través de una picaresca moderna, critica el bipartidismo liberal-conservador, las promesas electorales vacías y la exclusión sistemática del pueblo del verdadero ejercicio del poder.

Las élites colombianas han actuado durante décadas como una monarquía encubierta bajo ropaje democrático. El Frente Nacional fue el ejemplo más claro: un pacto que disfrazó de alternancia democrática lo que era un reparto fijo del botín estatal. Incluso después de 1974, pertenecer a ciertas familias, gozar de un apellido de “alcurnia” o tener conexiones con las redes tradicionales sigue siendo casi un requisito para aspirar a la presidencia o a cargos diplomáticos de alto nivel. La movilidad social en la política ha sido limitada; el poder se hereda o se co-opta más que se conquista desde abajo.

En resumen, la historia política de Colombia es la de una democracia formal con profundas fallas estructurales: un pueblo espectador de una pelea entre élites que, bajo banderas cambiantes (bolivaristas, santanderistas, liberales, conservadores, izquierdistas o derechistas), han mantenido el control real del Estado. Mientras no se rompa ese círculo de exclusión y se construya una verdadera inclusión ciudadana, las transiciones seguirán siendo más cosméticas que profundas.

 


 

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