Mi discurso sobre la guerra y la paz

 



Construir paz o seguir administrando la guerra

Colombia lleva más de medio siglo hablando de paz, firmando acuerdos, creando programas y anunciando estrategias que prometen transformar los territorios golpeados por el conflicto. Sin embargo, en regiones como Catatumbo, Arauca, el Cauca, Nariño o la Amazonía, la realidad sigue siendo la misma: ausencia del Estado, economías ilegales dominando la vida local y comunidades atrapadas entre grupos armados.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿Colombia realmente quiere construir paz o simplemente aprendió a convivir con la guerra?

Durante décadas el país ha aplicado la misma receta fallida: intervenciones fragmentadas, proyectos que duran lo que dura un gobierno y promesas que se evaporan cuando cambian las prioridades políticas en Bogotá. El resultado es evidente: territorios enteros donde la institucionalidad es débil o inexistente y donde la ley la imponen los fusiles o el dinero del narcotráfico.

La paz no se construye con discursos ni con acuerdos firmados en salones diplomáticos. La paz se construye con Estado, con oportunidades económicas y con presencia institucional permanente.

Por eso, cualquier propuesta seria de transformación territorial debe empezar por lo más elemental: recuperar el control del Estado sobre su propio territorio. Sin justicia, sin fuerza pública efectiva y sin instituciones funcionando en los municipios rurales, cualquier política social se convierte en un saludo a la bandera.

En muchas zonas del país la presencia estatal es casi simbólica. Alcaldías sin recursos, jueces que no llegan, policías superados por estructuras criminales y comunidades que deben resolver sus conflictos ante actores armados ilegales. Ese vacío es el que ha permitido que el narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando se conviertan en la verdadera economía local.

Y aquí aparece otra verdad incómoda: la guerra en Colombia también es un negocio.

Mientras miles de campesinos siguen cultivando coca por falta de alternativas reales, redes criminales y mafias internacionales continúan obteniendo ganancias multimillonarias. Sin atacar esas economías ilegales de manera estructural, cualquier intento de pacificación está condenado al fracaso.

Pero la seguridad por sí sola tampoco basta. Durante años el país intentó resolver el conflicto exclusivamente con una estrategia militar, y los resultados demostraron sus límites. La experiencia es clara: cuando el Estado llega solo con soldados, la paz es temporal; cuando llega con carreteras, crédito, educación y empleo, la paz se vuelve posible.

Ese es precisamente el punto donde Colombia ha fallado históricamente. Las regiones más golpeadas por la violencia son también las más pobres, las más aisladas y las que menos inversión pública reciben. No es casualidad que allí prosperen los cultivos ilícitos y las economías ilegales: donde no llega el Estado, llega el crimen organizado.

Si el país realmente quiere cerrar el ciclo de violencia rural, necesita una transformación territorial profunda. Eso significa invertir en infraestructura, conectar las zonas rurales con la economía nacional, impulsar proyectos productivos legales y garantizar educación y salud de calidad.

No es un reto menor. Requiere inversiones gigantescas, coordinación institucional y, sobre todo, voluntad política sostenida durante al menos una década.

Y ahí está el verdadero problema: Colombia cambia de prioridades cada cuatro años.

Los planes se anuncian con entusiasmo, pero mueren cuando llega el siguiente gobierno. Las regiones vuelven a quedar en el abandono y el ciclo de violencia se repite. Mientras tanto, las comunidades rurales siguen esperando lo mismo que han esperado durante generaciones: un Estado que exista más allá del papel.

La construcción de paz no puede seguir siendo un eslogan electoral ni una bandera ideológica de izquierda o derecha. Debe convertirse en un proyecto nacional, sostenido en el tiempo y blindado frente a los vaivenes políticos.

Porque la alternativa es clara: o Colombia construye paz con presencia estatal, desarrollo económico y justicia real, o seguirá administrando indefinidamente una guerra que nunca termina.

La historia del país demuestra que la violencia no desaparece sola.
Se reemplaza.

Y la única forma de reemplazarla es con instituciones fuertes, oportunidades económicas y un Estado que llegue primero que los grupos armados.

Todo lo demás —discursos, acuerdos simbólicos y promesas de campaña— no es paz: es simplemente otra forma de aplazar el problema.

 

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